Apocalipsis 1:5–6.
“y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra.
Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre,
y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre;
a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.”
Meditación
En este pasaje de Apocalipsis, Juan fija nuestra mirada en Cristo. Tres títulos se levantan como columnas: Él es el Testigo fiel, porque nunca falseó la verdad ni cedió ante el engaño; es el Primogénito de los muertos, porque en su resurrección abrió camino a la vida eterna; y es el Soberano de los reyes de la tierra, porque todo poder humano le está sujeto aunque no lo reconozca.
Podemos ver: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. Aquí yace la médula del evangelio: Cristo no solo enseñó, gobernó o sanó; Él amó y ese amor se manifestó en derramar su sangre para limpiarnos. El pecado no es una mancha superficial, sino una corrupción tan profunda que requería la sangre del Cordero de Dios.
Ese lavado no fue parcial: “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn 1:7). Y la obra no se limitó a limpiar, sino a transformar nuestra identidad: “nos hizo reyes y sacerdotes para Dios”. Realeza y sacerdocio son privilegios reservados en el Antiguo Pacto, ahora dados a todo creyente en Cristo. Reyes, porque reinaremos con Él; sacerdotes, porque tenemos acceso directo a Dios y el deber de ofrecerle sacrificios espirituales.
John Owen dijo:
“Ver la gloria de Cristo es la mayor bendición que podemos alcanzar en este mundo; será la eterna bienaventuranza del mundo venidero.”
Y este pasaje nos muestra esa gloria: Cristo exaltado en majestad, pero también Cristo inclinándose en amor para redimirnos. Por tanto, la única respuesta coherente es la doxología: “A Él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.”
Aplicación
- ¿Me maravillo todavía de que el Rey soberano me haya amado y lavado con su sangre?
- ¿Vivo como un sacerdote que se acerca diariamente a Dios en adoración, o como un extraño que lo visita de vez en cuando?
- ¿Uso mi vida para la gloria de Cristo, o sigo buscando gloria personal?
- Rechaza la condena del pasado: la sangre de Cristo te lavó.
- Vive en santidad: el que fue lavado debe mantenerse puro, apartándose del pecado.
- Ora y sirve como sacerdote: presenta sacrificios espirituales de gratitud, intercesión y obediencia.
Oración
Señor Jesucristo, Testigo fiel y Rey soberano, gracias por amarme hasta lo sumo y por lavarme con tu sangre. Haz que nunca trivialice el precio de mi redención. Enséñame a vivir como quien ha sido hecho rey para reinar contigo y sacerdote para servir en tu presencia. Que mi vida entera proclame tu gloria por los siglos de los siglos. Amén.










