Hace unos días, el corazón de mi suegra comenzó a fallar repentinamente. La llevamos con esperanza a recibir atención médica, con la confianza de que saldría adelante. Sin embargo, en apenas 72 horas, su corazón dejó de latir. Fue inesperado, desconcertante. Una mujer aparentemente sana, llena de vida, ahora estaba ausente. Y con su partida, Dios nos recuerda algo: la vida es frágil, los latidos están contados, y sólo Dios conoce su número.
La biblia nos recuerda:
“Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos.” (Salmo 139:16)
No fue el fallo médico. No fue la falta de tratamiento. No fueron nuestras decisiones. Fue la voluntad soberana de Aquel que da y quita la vida. El número de latidos de nuestro corazón no está en manos de la medicina ni de nuestros hábitos de salud. Está en manos del Creador.
Y sin embargo, esta soberanía divina no niega nuestra responsabilidad. Somos llamados a vivir de forma sabia, sobria y fiel, como si hoy fuese nuestro último día.
“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.” (Salmo 90:12)
La muerte, cuando llega de forma inesperada, actúa como un despertador para nuestras almas. Nos confronta con nuestra temporalidad y nos obliga a hacernos algunas preguntas:
- ¿Estoy en paz con Dios?
- ¿Estoy viviendo como si cada latido fuera un regalo divino?
- ¿Qué estoy sembrando con mis días?
Hay algo más asombroso aún: Dios no sólo ha contado nuestros latidos, sino que también ha provisto un nuevo corazón a todo aquel que cree en Su Hijo.
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros…” (Ezequiel 36:26)
La muerte física es inevitable, pero la segunda muerte —la separación eterna de Dios— es evitable. Cristo vino no solo para prolongar la vida, sino para dar vida eterna.
“El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida.” (Juan 5:24)
Entonces, ¿cómo debemos vivir?
- Con humildad, sabiendo que no controlamos ni el próximo suspiro.
- Con gratitud, porque cada día es un don.
- Con fidelidad, sabiendo que hemos de presentarnos ante el Autor de nuestra vida.
- Con esperanza, porque para el que está en Cristo, la muerte no es el final, sino el comienzo de una gloria infinita.
Conclusión:
Cada latido es una oportunidad.
Una oportunidad para amar mejor, para perdonar más rápido, para adorar con mayor entrega, y para hablar a otros del único que venció a la muerte; Jesucristo el Hijo de Dios.
“Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí; pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos.” (Romanos 14:7-8)
“Vive como quien sabe que cada latido cuenta para la eternidad.”










